La casualidad quiso que la pareja de Bilbao, nuestros compañeros de retraso aéreo y salvadores en la llegada, tuviera contratada una excursión a la isla de Redang, con plazas libres. Y yo, que llevaba días intentando cuadrar una visita allí sin éxito, vi el cielo abierto. Así que no dudamos a apuntarnos en lo que fue la mejor experiencia en las islas.
Intentamos desayunar en su hotel, pero no nos dejaron por no ser clientes. Nada grave: el hotel de al lado nos acogió con sonrisas y precios amables.
A las 9:00 ya estábamos todos en una lancha, ocho personas en total, todos miembros del “club del vuelo imposible”. Salimos a 300 ringgits por pareja… nos pareció baratísimo porque cada parada era mejor que la anterior, pero luego os cuento al detalle.

El mar estaba en calma y el sol empezaba a calentar. La excursión duraba oficialmente hasta las 15:00, pero el capitán, quizá contagiado por nuestro buen humor y nuestra pereza a la hora de despedirnos del agua y regresar a la embarcación, decidió alargarnos una hora más que aprovechamos a tope.
Las paradas fueron de otro mundo:
- Peces en tecnicolor: cardúmenes que parecían coreografías vivas, peces diminutos y gigantes nadando a tu alrededor como si fueras uno más.
- Tortugas marinas: nadamos junto a varias, tan cerca que había que apartarse para no acabar dándonos un cabezazo submarino.
- Playa paradisíaca: agua turquesa, arena como harina y una comida compartida con el grupo.
- Cueva submarina: un pasadizo lleno de peces y misterio. Las olas, caprichosas, podían empujarte contra las rocas, así que lo atravesamos con respeto.
- Avioneta hundida: colocada adrede para el snorkel, pero igualmente impresionante.
- Lang Tengah: ese banco de arena estrecho y largo que parece dibujado sobre el mar, ideal para fotos de “aquí sufriendo”.
- Babysharks: pequeños tiburones de unos 50 cm, nadando a su aire, elegantes y tranquilos.






La vuelta al hotel fue de esas que piden siesta obligatoria. Pero por la noche nos pusimos guapos y cruzamos a la isla vecina para cenar. Gambas gigantes, pescado fresco, cervezas sin medida y risas que, probablemente, todavía flotan en el aire de las Perhentian.
La lluvia nos pilló al regreso, pero íbamos escoltados por unos andaluces que parecían salidos de un catálogo de equipamiento para tormentas tropicales.




¡Y mañana aun hay más!
Día 15: Perhentian Besar: Explorando la isla a paso de ardilla (y lagarto, y mariposa…)
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