Tras la intensidad del día anterior en Redang, decidimos que hoy sería una jornada más tranquila… aunque en las Perhentian eso de “tranquila” significa que igualmente acabas rodeado de peces de mil colores y playas que parecen salidas de un catálogo.
Esta vez éramos un grupo muy reducido: solo nosotros y una pareja encantadora que se hospedaba en el hotel vecino. Nada de grandes multitudes, nada de barcos llenos: un plan a medida.
El mar, sin embargo, tenía sus propios planes. Las olas no estaban para bromas, así que las paradas en algunas playas fueron más cortas y menos relajadas de lo esperado. Aun así, en alta mar el snorkel volvió a regalarnos escenas maravillosas: bancos de peces que brillaban al sol, otros que parecían camuflarse entre las sombras y alguno que se acercaba curioso como si quisiera cotillear nuestras gafas.



La gran protagonista del día fue la isla de Rawa. Un rincón paradisíaco: aguas cristalinas que te dejaban ver hasta la última piedra del fondo, arena tan blanca y fina que parecía harina, y palmeras que daban justo la sombra necesaria para sentir que estabas en un anuncio de viajes.
Aquí fue inevitable fijarnos en la “fauna humana”: un grupo de turistas chinos que eran lanzados al agua en plan “aquí te quedas” y luego recogidos por el chaleco salvavidas, todo acompañado de sesiones de fotos interminables, flashes a cualquier pez que se moviera y cero respeto por el entorno. Entre divertido y un poco triste de ver.
Entre salto y salto al agua, probamos un 100Plus, la bebida isotónica típica de Malasia, dulce y refrescante, perfecta para reponer fuerzas después de tanto nadar. El almuerzo lo hicimos en el hotel de nuestros compañeros de excursión: cocina sencilla, muy bien preparada y, como siempre aquí, servida con una sonrisa.
La tarde la dividimos entre su playa, donde vimos peces enormes que parecían sacados de un documental, de esos que te hacen pensar “menos mal que no soy su comida” y la nuestra. En ambas el mar estaba vivo, pero lo bastante amable para regalarnos un último baño soleado.


De vuelta al hotel, llegó ese momento sagrado de tumbarnos en las hamacas, dejar que la brisa nos secara el pelo y perdernos en un libro mientras el sol bajaba poco a poco. Esa desconexión total que solo se consigue en lugares así.

Cuando cayó la noche, tocó ponerse guapos: cena con nuestros nuevos amigos, mesa en la arena, velas encendidas y barbacoa espectacular. Calamares a la brasa, gambones jugosos, pescado fresco que se deshacía en la boca… y de postre, fruta tropical que sabía a gloria: sandía dulce como caramelo y mango que olía a verano eterno.




Terminamos el día con la sensación de que estábamos viviendo una pequeña despedida anticipada: buena compañía, buena comida y el sonido del mar como telón de fondo.
Día 16 – Redang y sus siete maravillas submarinas (viviendo en el paraíso)
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