Después de nuestra llegada de película la noche anterior, esa que incluyó retrasos aéreos, navegaciones prohibidas y tormentas en el horizonte, amanecimos en Perhentian Besar con esa sensación de “no me lo creo, pero estoy aquí”.
El sonido de las olas se colaba entre las rendijas de la cabaña, el aire traía olor a sal y a humedad tropical, y la luz que se filtraba entre las hojas parecía pintada a mano.
Estábamos en Perhentian Besar y teníamos por delante de tres días entre arrecifes, babysharks y barbacoas bajo las estrellas.
El día comenzó con un desayuno que merecería su propia entrada: fruta fresca cortada como si fuera obra de un escultor, huevos a tu gusto, tostadas crujientes y café humeante que sabía a vacaciones largas. El comedor estaba literalmente sobre la arena, y desayunar mientras veías el mar en calma era como tener una postal en movimiento delante.
Decidimos empezar suave: un baño en la playa privada del Cozy Resort. Arena blanca, agua que parecía piscina natural y apenas unas cuantas sombras de palmeras para resguardarnos.



Luego nos lanzamos a recorrer el único camino de la isla, una especie de pasarela natural entre selva y mar que se adentraba, a ratos, en una selva virgen cuyo camino casi no había sido transitado. A cada paso, la fauna nos iba saludando:
- Ardillas que se movían como si hubieran tomado un triple expreso.
- Lagartos de todos los tamaños, desde los de bolsillo hasta los que te hacen replantearte si vas por el camino correcto…
- Mariposas enormes que parecían sacadas de un cuento.
- Y mosquitos… bueno, los mosquitos eran claramente locales, con un máster en detectar turistas, especialmente por las noches.
En el camino nos encontramos con un par de playas de otros hoteles. Allí, máscara en mano, nos sumergimos en un mundo submarino de colores imposibles. Peces que parecían pintados, corales tan bonitos como traicioneros (de esos que, si no llevas calzado acuático, te dejan un buen “recuerdo” en el pie).



La comida fue en un hotel vecino: buena, algo más cara, pero con un ambiente curioso. Sin embargo, después de comparar, decidimos que nuestra cocina ganaba.
Por la tarde contratamos un taxiboat y nos acercamos a la turtlebeach, en la que no había ni una tortuga, por cierto. No la disfrutamos tanto como esperábamos porque había mucho aire. Pero las risas que nos echamos viendo como el resto de turistas tenían que subirse en la barca con semejante oleaje, era mejor que la atracción en sí misma. Nosotros nos apañamos bien, pero me hace recordar que tengo que lanzar otro consejo:
Llevad una mochila estanca para poder hacer las excursiones sin miedo a que vuestra ropa y documentación se queden chorreando todo el tiempo. Y para hacer fotos submarinas haceos con una carcasa protectora de móvil. Aseguraos de ponerla bien fija y no la abráis durante el tiempo que estéis usándola, aunque estéis de vuelta al barquito, y no os entrará nada de agua.




Y la cena de esa noche nos dio la razón: barbacoa de pescado fresco. El sistema era sencillo y delicioso: eliges la pieza recién pescada, el camarero la pesa, te da el precio y luego la preparan acompañada de ensalada, salsas caseras y sandía, curiosamente. El olor de las brasas se mezclaba con la brisa marina, y no hubo conversación más allá de “pásame otra patata, por favor”.


¡Sigamos disfrutando de nuestro paraíso particular!
Día 14: Aventura a contrarreloj rumbo a las Islas Perhentian (y cómo sobrevivimos para contarlo)
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