Día 7: Qué ver en Xi’an antes de partir a Shanghai: pagodas, torres y mucho encanto

Nos levantamos temprano para aprovechar nuestro último día en la ciudad. Hoy toca explorar el centro histórico, esa mezcla de murallas milenarias, templos budistas y ritmo urbano.

La Torre del Tambor y la Torre de la Campana

Comenzamos por las torres gemelas que dominan el centro de Xi’an: la Torre del Tambor (Gulou) y la Torre de la Campana (Zhonglou). Están a solo unos pasos una de otra, separadas por un cruce enorme y rodeadas de tiendas, cafés y puestos callejeros que venden brochetas, dumplings y té de jazmín.

Tanto la Torre de la Campana como la Torre del Tambor abren de 8:30 a 21:30 aproximadamente (si queréis entrar en ambas, podéis comprar el ticket combinado. Cuesta 50 yuanes cada uno).

Esta campana (Campana Yingyun) no es la original, sino una réplica de la que se expone en el museo Beilin de la misma ciudad. Pesa aproximadamente 6.500 kg. y tiene una altura de 2,47 metros. Se fundió en bronce en el año 711 durante la dinastía Tang; de hecho, los 292 caracteres que se pueden ver en esta, los inscribió el Emperador Ruizong de Tang.

Subir a cualquiera de las dos torres (la entrada individual suele costar unos 35 RMB) te da una panorámica fantástica del casco antiguo y de las avenidas iluminadas con farolillos rojos. En algunos horarios incluso se puede ver una breve actuación musical tradicional, con tambores y trajes de época. En nuestro caso esperamos hasta que empezaron, pero suelen ofrecerse cada 45 minutos empezando a las 9:30 horas y siendo la última a las 16:20. Es curiosa, pero, como ya sabíamos, la armonía no es para disfrutar de la música, sino del ambiente y el clima que se respira, rodeados de monjes y del olor a incienso que todo lo llena.

Entre ambas torres se encuentra el famoso Muslim Quarter, el barrio musulmán de Xi’an, un laberinto de callejones donde se mezclan los aromas de especias, frutos secos, pan recién hecho y carne al grill. Si tienes tiempo, es un lugar ideal para probar el roujiamo, una especie de bocadillo chino de cerdo o ternera, perfecto para reponer fuerzas.

Aquí aprovechamos para hacer algunas compras de regalos. Para chicos llaveros con su signo del zodíaco, pues los chinos son muy aficionados a la astrología; y para las chicas un abanico. Hay muchas calidades de estos últimos, fijaos bien en cómo están hechos, en los materiales y detalles. Tomaos vuestro tiempo y, como siempre que hay regateo, iniciad la charla con un precio bastante menor al que estáis dispuestas a llegar, para tener margen y poder ceder un poquito hasta llegar al que realmente queréis pagar. Yo pagué 180 yuanes por 5 abanicos preciosos. No sé si puede conseguirse un mejor precio, pero yo lo pensé justo y el vendedor se quedó también satisfecho, así que todos contentos.

Para moverse por Xi’an os recomendamos el metro: cuesta unos 2 yuanes por viaje y es moderno, limpio y señalizado en inglés, así que fácil para desplazarse entre el centro, y por ejemplo, la siguiente parada (bajaos en la estación Dayanta):

La Gran Pagoda del Ganso Salvaje

Por la tarde nos dirigimos hacia el sur de la ciudad para visitar uno de los templos más emblemáticos de China: la Gran Pagoda del Ganso Salvaje (Dayan Ta).
Construida en el siglo VII durante la dinastía Tang, fue parte de un monasterio budista donde el monje Xuanzang guardó los textos sagrados que trajo desde la India tras años de viaje por la Ruta de la Seda.

La pagoda se alza con sus siete pisos de ladrillo, perfectamente simétricos, y se puede subir hasta la parte superior (entrada 40 RMB y 50 RMB más si queréis subir, lo cual os recomendamos. Podéis ver las vistas más abajo) para contemplar Xi’an desde las alturas.
El entorno está muy bien cuidado, con jardines, estanques y templos secundarios.

Si llegas al atardecer, justo cuando el sol se pone tras la pagoda y empiezan las luces del espectáculo de fuentes danzantes, el momento es espectacular. Es gratuito y suele celebrarse cada noche en la gran plaza frente al templo, acompañado de música tradicional china y proyecciones sobre el agua.

Justo antes del anochecer, en las torres, al caer la tarde, el lugar es mágico, cuando se encienden los farolillos y la temperatura baja un poco permitiendo caminar tranquilamente por el lugar, disfrutando del ambiente. Nosotros no pudimos esperar tanto, pero tuvimos suerte y la temperatura nos permitió hacer un buen paseo viendo al detalle todo el arte que se desprende de cada uno de sus rincones.

Durante estas visitas, si tenéis ocasión de probar los fideos biangbiang o los dumplings típicos del Shaanxi Grand Opera House Dumpling Banquet. ¡Riquísimos!

Las vistas son espectaculares… ¡no os lo podéis perder!

Adiós, Xi’an… rumbo a Shanghái

Tras un día intenso entre historia, religión y modernidad, volvemos al hotel a recoger las maletas. En la estación de tren de alta velocidad (Xi’an North Railway Station), todo funciona con precisión milimétrica: controles de seguridad, pantallas luminosas, pasajeros con mochilas y termos de té en la mano.

¡Nos encanta cómo esperan los chinos en las estaciones, en cuclillas, sí, pero bajando tanto que solo si tienes una flexibilidad enorme puedes imitarles!

Subimos al tren bala con destino a Shanghái. En cuestión de horas, pasamos de las murallas antiguas y las torres Tang al skyline futurista de una de las megaciudades más impresionantes del planeta.

Recordamos a nuestra recepcionista, que nos esperaba para darnos las maletas con unos dulces típicos para el viaje y los regalitos típicos chinos: las muñequitas tentetiesos y los cuadritos de nuestros horóscopos chinos. No la olvidaremos nunca, espero que no le ocasionáramos muchas molestias. Eso sí: le pusimos nuestras reseñas por todas partes para que profesionalmente tenga algo de repercusión su excelente atención y el cariño con el que nos ha tratado. Y es que los chinos son educados y muy dispuestos a ayudar (rompamos el estereotipo que tenemos en nuestras cabezas) y volvimos a comprobarlo cuando preguntamos cómo comprar el billete de metro y unos chicos nos lo sacaron, pagando ellos, sin aceptar que les devolviéramos el importe… en fin ¡majísimos! Así llegamos a la estación de Beizhuan con bastante tiempo de margen para hacer la cola al tren bala (dependiendo de la clase en la que viajes, haces una u otra). Cuidado, esta vez ¡nada de colarse! 🙂

Mientras el tren acelera vamos viendo ciudades enormes llenas de edificios altísimos, como no hemos visto nunca,… embobados, vemos cómo el paisaje se difumina tras la ventana, queda una sensación de haber recorrido siglos en apenas un día: de los guerreros eternos que custodian un emperador, a las torres que marcan el pulso de una ciudad que nunca deja de reinventarse.

Llegamos a nuestro hotel a las 22:15 horas, porque la estación está bastante lejos y tenemos 23 paradas hasta la nuestra. Hambrientos, como siempre, entramos en un lugar que parece cutre, pero tomamos unos noodles con ternera y verduritas que están de muerte, con dos cervecitas, todo, por 75 yuanes. ¡Exquisitos!

Luego paseamos hasta el hotel (18.150 pasos…) y compramos desayunos para no entretenernos y salir todos los días rápidamente, ya que tenemos nevera y cafetera en el hotel. Nos ha dado más de la una de la madrugada, y mañana nos espera otro súper día.

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