Día 2: Sur y salinas

Fruto de la cena de la noche anterior, Moni y yo pensamos que, aunque teníamos muchas ideas y lugares que visitar, íbamos a dejarnos llevar y a disfrutar de la isla sin prisa ni el agobio de conocerlo todo…

Tras desayunar, nos dirigimos a una zona importante para Ibiza porque es de donde se extrae y trata la famosa sal de Ibiza: las salinas. Visualmente son como unas piscinas cerca del mar que brillan con el sol de forma muy especial. Además, encontraréis un lugar donde avistar aves.

Dejamos atrás esta zona para visitar la Torre del Carregador, que está a en el Camí de sa Sal Rossa, a 36 minutos (28,2 km) de nuestro hotel. Se llega por un camino de tierra, pasado un camino vecinal llegaremos a una explanada donde dejar el coche.

Las vistas son estupendas, y vemos que hay una pequeña cala cercana, así que nos vamos caminando unos minutos hasta llegar a la Cala La Xanga. Es una playita de piedra con una agua cristalina y donde vimos nuestros primeros peces, easybreath en mano. ¡Estábamos solas! Durante un buen rato fue nuestra, hasta que llegó una pareja con niños. ¡Increíble en agosto y solas!

Allí se encuentran las casetas varadero o casetas de pescadores construidas entre las rocas, de piedra y madera, donde tradicionalmente guardan sus llaüts, la típica barca de pesca de la isla.

Luego nos vamos a comer al Bar San Francisco. Está a 6 minutos (2 km), en la carretera, y tenemos la suerte de tener un día de sol y calor, pero con brisa y temperatura no excesiva, porque pienso que en días muy bochornoso puede ser un poco agobiante. Tomamos unas quesadillas de salmón espectaculares, una Burger de salmón, un tartar de atún, 2 cervezas y 2 cortados por 61,20€. La ermita que le da nombre al bar está justo en frente.

Y de ahí nos vamos a la playa de las Salinas, a 4 minutos (3 km). Es una playa muy grande, con un súper chiringuito y tumbonas de pago. El parking cuesta 7€ todo el día. Pensamos que deberían hacer precio a los que solo vamos por la tarde, pero así es… por lo menos son plazas con sombra y el acceso está muy cómodo, muy bien puesto. Hay bastante posidonias, pero el agua está limpia aunque no para bucear. Mucho postureo y turistas, nada que ver con la cala donde casi estábamos solas.

Se hace tarde para lo que tenemos pensado hacer: ir al hotel a cambiarnos, que estaba a 41 minutos (30,3 km), para visitar un mercado hippie y luego cenar en un restaurante ya reservado.

El Mercado de las Dalias se puede visitar los sábados de 10 a 20 y los domingos, lunes y martes de 7 de la tarde a las 12.30 de la noche. Llegamos en 9 minutos (4,6 km), justo en horario de apertura y aparcamos por 4€. Si queréis aparcar gratis, en el pueblo hay un parking público, aunque suele estar lleno.

No es un mercado itinerante con paradas improvisadas, sino un lugar muy bien puesto con artesanos de todo tipo de joyas, artículos de piel… muy especial.

A ciertas horas la música cambia, hay dj y un bar donde tomar algo. ¡Ojo! El mojito sin alcohol son 10€. Nosotras hicimos algunas compras y algún regalito y damos un buen paseo.

Quizás nos hubiéramos quedado más de la hora y pico que estuvimos, pero habíamos reservado un sitio «especial» para cenar mediante una app especializada en reservas de restauración, pero al poner la dirección en el navegador para ir, vimos que los martes cerraba… así que tuvimos que tirar de las recomendaciones de Xabi que, la verdad, son sinónimo de acierto.

Nos enfadó mucho que ni el restaurante, que bien recibiría la reserva, ni la página de reservas nos avisara de la imposibilidad de cenar allí. Pero nos dirigimos, más cerca todavía, al Ca n’Anneta (Bar Anita) donde disfrutamos del ambiente apenas esperando 5 minutos para tener mesa, tomando una cañita en la puerta.

Como llegamos pronto al Bar Anita, pudimos aparcar detrás de la bonita iglesia gratis, y enseguida cenar. Lo bonito del lugar es que conservan mobiliario «público» antiguo como una cabina de teléfonos y unos buzones de madera espectaculares, además de los árboles que hay alrededor de las mesas. De hecho, comimos justo delante. Fijaos, si vais al baño, que subiendo las escaleras a mano izquierda están los buzones de todo el pueblo. Así el cartero solo lleva cartas a un sitio, y luego los vecinos van a coger allí la correspondencia. ¡Decidme una forma más eficiente de hacerlo!

La cocina de Ca n’Anneta es sencilla, pero casera. Nosotras tomamos pan con alioli, ensalada de payés, sardinas y bacalao con tomate y su guarnición de verduritas, dos cervecitas y un flaó, 60€.

Y así, acabamos la noche dando un buen paseo por Es Canar playa, donde está el hotel.

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