Día 2: Riglos y vuelta
Nos quedamos a desayunar en el mismo hotelito y recogimos rápidos para ponernos en camino.
La primera visita fue al Castillo de Loarre. Es precioso tanto por el enclave por cómo lo conservan.

La entrada es de 4,5 euros (6 con guía). El interior la verdad es que está pelado y no es nada del otro mundo.


Hay parking gratuito al lado mismo y una tienda donde además de los tickets podéis tomar algo, si hace bueno en la terracita, donde hay unas vistas increíbles.

Después, y antes de dirigirnos a Riglos, fuimos ver unos «mini mallos» de una localidad cercana; Mallos de Aguero. Llegaréis en 10 minutos por una pequeña carretera de curvas, y vale la pena, es pequeñito pero el conjunto de las casas con los mallitos detrás es una vista diferente. Allí nos tomamos un aperitivito (ultra barato) y a seguir camino…

Callejeando veréis su iglesia en un alto, casas típicas de la zona, y como en todos esos pueblos, hostales para veraneantes que quieren hacer escalada u otros deportes de aventura, y para los muchos aficionados a la caza, que pueblan el invierno frío del lugar.
Ya sólo nos quedaba la visita estrella, Mallos de Riglos. Nuestro plan, fue sencillo: un paseo por el pueblo, callejeando entre sus casas, lo cual no os llevará mucho tiempo.

Admirar los mallos desde el máximo de perspectivas:

Y comer en algún lugar del pueblo mientras observábamos a los escaladores:
Y finalmente, emprendimos regreso sin poder evitar hacer alguna paradita para ver lo que tanto nos ha gustado y ya dejábamos atrás.


El camino y el paisaje de todo el viaje nos hicieron olvidarnos de los bastantes kilómetros que recorrimos en un par de días, nos relajamos muchísimo y cogimos fuerzas para la vuelta, así que espero que sigáis mi consejo y ¡no dejéis de mirar por la ventanilla!
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