Amsterdam nos ha sorprendido negativamente por dos chorradas pero que valoramos por comodidad y economía: que no hay fuentes por ningún sitio (y en los parques de niños se ven, sólo encontramos una en la plaza Dam, y en ocasiones había hasta cola para rellenar botellas. En los supermercados el agua anda por el euro, un botellín de medio litro, y por los baños. Sólo hay públicos para los chicos, y son bastante “curiosos”. En algunos restaurantes y centros comerciales cobran de medio a un euro por utilizarlos.

Nuestro viaje fue en julio de 2.013 y las paradas de metro estaban en obras. La compañía había sustituido el servicio por autobuses que salen de una parada cercana a la estación central (saliendo de allí, hay que recorrer unos 200 metros a mano izquierda).
Si os decidís por alquilar bicis, hay que tener en cuenta que las típicas de los holandeses no tienen frenos de mano. Para frenar hay que usar los pedales en sentido contrario, podríamos decir que es como despedalear. Nosotros optamos por estas porque nos hacía gracia y porque eran más baratas. Si soléis andar en bici en seguida lo cogeréis, pero es mejor practicar antes un poco, porque cuesta cambiar el chip y con el tráfico de bicis puede ser peligroso.
Al circular, tened bien presente que los ciclistas locales siempre tienen prioridad. Si oís un timbre, ¡corred! Y mucho cuidado también con los tranvías, no invadáis las vías porque salen de la nada hacia cualquier dirección.
La primera semana de agosto es la fiesta gay. Encontraréis locales exclusivos para uno de los dos sexos pero en general la fiesta se puede vivir igual aunque seas hetero. En nuestro caso nos quedamos en un concierto de varios artistas locales en una plaza que nos topamos yendo a la plaza Damm desde la estación central. Un espectáculo impresionante, con un rollo buenísimo y muy divertido. Y para enlazar con el día siguiente pincharon DJ’s con animadores espectaculares (bailando y haciendo ¡malabares con fuego!).
Dicen que las tres equis de la bandera (negras, sobre fondo rojo), viene de 500 años atrás, por la triste historia de un pescador que fue crucificado (San Andrés) y que nada tiene que ver con la clasificación de películas porno (se dice que es herencia de la censura, que ponía tiritas negras para tapar las partes nobles, necesitándose más o menos en función de lo que enseñaban). Sin embargo, se puede ver por toda la ciudad cómo se explota la coincidencia, también en los souvenirs picantes.
Lecturas relacionadas:
El diario de Ana Frank, cómo no.
Y otro más actual, novela negra – policíaca: Muerte en Amsterdam, de A.C. Baantjer.
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